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7/7/13

Bridget cayéndose del carro.




A la doble s.



Cuando pienso en Bridget pienso en una yo sentada  en este bar londinense comiendo maníes sucios y bebiendo mojitos hasta medio embriagarme, ofreciendo cierto aspecto de malquerida pero gozona.  Me veo allí, en un barcito de esos oscuros, con un vestido azul marino hasta los tobillos y un peinado recogido, haciéndome pana del mesero, que de vez en cuando se guinda y pasa minutos infernales hablándome de su mujer, de ella y su trabajo "fácil", que no le gusta vale, pero que la vaina está mala y que comprarse unos hilitos dorados le sale más barato que pagarse un cursito de inglés on line. Entre la conversa sobre la esposa pelo largo (como pocahontas), y mi cara de "te detesto tanto, maldito explotador machista" llegan Candy y Robert (seudónimos  de falsos prostitutos de mis amigos), con sobretodos exagerados. Me río de su patetismo  dulce (como decidió llamarlo Candy para hacernos quedar mejor) pero siento un gran alivio por notar que traen dos botellas de vino rosado, como de flores, como los baños que mandan las brujas pa' ver si nos encontrarnos maridos con rial.